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Violencia estructural y control territorial en el piedemonte sur de Murcia (sig. VIII–IX): violencia coercitiva y estructural desde la conquista islámica de la zona visigodo-bizantina

El piedemonte sur de Murcia, desplegándose entre El Palmar y Los Garres es la antigua Ello, ciudad tardo romana y bizantina en el valle medio del Segura. Ofrece un paisaje donde la historia se lee en las laderas, vegas y ramblas que conectan antiguos asentamientos con torres, basílicas, templos y fortificaciones. Desde la Antigüedad tardía hasta la consolidación del emirato omeya en al-Andalus, el territorio fue escenario de control prolongado y reorganización poblacional, dejando huellas visibles en la arquitectura, los restos materiales y, sorprendentemente, incluso en los cuerpos humanos, en su aspecto y configuración. El análisis de esta región requiere combinar la literatura histórica, la arqueología y el concepto de violencia estructural (Galtung, 1969), que permite entender cómo la imposición de estructuras de poder afecta la vida cotidiana, la economía y el poblamiento de manera sostenida, sin necesidad de confrontaciones abiertas[1].

Al inicio de la Antigüedad tardía, el piedemonte sirvió como frontera entre el reino visigodo y los enclaves bizantinos de la costa mediterránea. Las torres de vigilancia de Puntarrón Grande, el Cabezo del Palomar y otras localizaciones descritas en el Parque Regional de El Valle funcionaban como puntos de observación interconectados visualmente, controlando rutas de tránsito y flujos de recursos agrícolas[2]. Este entramado puede representarse como un mapa conceptual: imaginemos una línea de torres que ascienden desde la vega del Segura hacia las laderas de la Sierra de Carrascoy, cada torre visible desde la siguiente, permitiendo la transmisión de señales y la vigilancia constante del territorio, creando un corredor de control que influía en decisiones económicas y en la elección de asentamientos. La violencia estructural se manifiesta aquí simplemente como imposición de restricciones prolongadas sobre la movilidad, la agricultura y la organización de la población. Es lo propio de cualquier organización estatal o paraestatal.



El castillo de Los Garres constituye un caso paradigmático. Situado en un promontorio que domina la rambla del Garruchal, su arquitectura refleja fases constructivas adaptadas a necesidades defensivas cambiantes y episodios de arrasamiento y reocupación[3]. Pero no es lo mismo lo primero que lo segundo. Hay una radical diferencia. La primera es una violencia consuetudinaria de las organizaciones humanas y la segunda es la violencia coercitiva y estructural que permite la ocupación primero y desalojo después de poblaciones completas, como recientemente ha sucedido en Siria con Isis o en Ucrania con la ocupación rusa.

En el caso del Castillo de Los Garres y entorno, los niveles estratigráficos revelan incendios antiguos y depósitos de cenizas mezclados con cerámica romana, visigoda y andalusí. La fortaleza funcionaba no solo como estructura militar sino como centro de administración territorial, supervisando recursos, rutas y poblaciones periféricas.

En la primera fase el panorama se completa justificando con ello la estructura bizantina de la civitas de Ello, con Los Garres, su población fortificada, integrada en una red de fortificaciones menores: la Torre de la Asomada, la Basílica de Algezares, y el Martirium de La Alberca, que actuaban como nodos de cohesión religiosa y social. Cada una de estas estructuras formaba parte de un mapa conceptual interconectado en el territorio: las basílicas y martiria no solo cumplían funciones litúrgicas, sino también marcaban la presencia de una comunidad que organizaba el espacio de manera funcional y jerárquica.

Hay testimonios históricos sin embargo que señalan un cambio estructural en el tipo de violencia, pasando de la coerción a una violencia explícita, en algún momento. Frutos Baeza (1917) describe hallazgos de restos humanos y cenizas mezcladas con materiales cerámicos en la rambla del Garruchal, mientras que Fuentes y Ponte (1873) documenta hallazgos similares en la hacienda de Tiñosa[4] [5]. Estos restos humanos y niveles de incendio no pueden entenderse como meros accidentes arqueológicos, sino como evidencia de violencia prolongada sobre la población, una coerción estructural que transformaba la vida cotidiana y el paisaje en el sentido señalado.


La centralización emiral con la fundación de Madīnat Mursiya reorganizó el territorio. Los Garres, La Alberca y Algezares ---Ello en definitiva--- perdió relevancia, mientras la población se concentraba en núcleos urbanos protegidos y la autoridad central controlaba rutas, tierras y producción agrícola. Esta reorganización produjo desplazamientos, abandono de asentamientos y modificación de infraestructuras, reforzando el concepto de violencia estructural: la imposición de un orden que condicionaba la vida de la población de manera prolongada[6].

Si representamos cronológicamente los hallazgos y transformaciones, el diagrama narrativo por siglos sería así:

  • Siglo VI (500–599): Frontera visigodo-bizantina estable; torres de vigilancia en Puntarrón Grande y Cabezo del Palomar; control visual y territorial estratégico.
  • Siglo VII (600–699): Estructura humana de ocupación ciudadana, agrícola, etc.  consolidada de lo que hoy son Los Garres, La Alberca y Algezares; hallazgos cerámicos romanos y visigodos.
  • Siglo VIII (700–799): Reocupación de fortificaciones; hallazgos de restos humanos y cenizas; consolidación de la frontera visigodo-islam; inicio de centralización de Madīnat Mursiya.
  • Siglo IX (800–899): Desplazamiento de población al valle central; abandono parcial de fortificaciones periféricas; reorganización administrativa y fiscal; cerámica andalusí y documentación de control territorial prolongado.

Estas transformaciones se articulan en un nuevo mapa narrativo conceptual: una línea de fortificaciones vigilando rutas desde la vega hasta las laderas, donde estaban las basílicas y martirium, señalando la presencia del poder religioso y administrativo emiral ahora, donde castillos como Los Garres funcionando como nodos de control sobre rutas, población y recursos agrícolas.

El análisis comparativo conceptual permite identificar paralelismos con mecanismos de dominación contemporáneos: el desplazamiento inducido de la población, la destrucción o abandono de infraestructuras, y la reorganización administrativa y económica de los territorios son estrategias funcionalmente similares a las observadas en contextos donde grupos ejercen control prolongado sobre poblaciones sometidas[7]. Es importante subrayar que la comparación es estrictamente conceptual, centrada en la lógica de dominación y reorganización, no en los actores, tecnologías o contextos históricos. Aunque tampoco se descartan, a falta de investigaciones más detalladas y centradas en estos aspectos.

El piedemonte sur de Murcia, con sus restos de fortificaciones, basílicas, martiria, niveles de arrasamiento e incendios y hallazgos humanos, constituye un laboratorio histórico y arqueológico donde la violencia estructural se manifiesta con claridad. La centralización emiral transformó el poblamiento, modificó rutas, concentró población y recursos, y redefinió la economía local. Los castillos, torres y basílicas son testigos de una dominación prolongada y sistemática, cuyos efectos aún pueden leerse en el paisaje y en la arqueología.

 

Referencias (APA 7.0)

Acién Almansa, M. (1994). Entre el feudalismo y el islam: ‘Umar ibn afṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia. Universidad de Jaén.

Baeza, F. (1917). La Cresta del Gallo. Hoja de los Exploradores de España. Murcia.

Fernández Avilés, A. (1947). Estudios arqueológicos del sureste español. Boletín Arqueológico del Sudeste Español, Vol. III, Números 8–11.

Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191.

Gutiérrez Lloret, S. (1996). La Cora de Tudmir: de la Antigüedad tardía al mundo islámico. Casa de Velázquez.

Gutiérrez Lloret, S. (2011). Poblamiento y territorio en el sureste de al-Andalus. Arqueología y Territorio Medieval, 18, 9–34.

Jordán Montes, J. F., Molina Gómez, J. A., & Zapata Parra, J. A. (2011). La frontera entre visigodos y bizantinos en el Parque Regional de El Valle (Murcia). Verdolay. Revista del Museo Arqueológico de Murcia, 13, 115–140.

Mantilla Séiquer, G. (1988). El castillo de los Garres: una fortaleza tardía en la vega de Murcia. Antigüedad y Cristianismo, 5, 353–402.

Llobregat, E. A. (1973). Teodomiro de Orihuela y el pacto con los musulmanes. Anales de la Universidad de Alicante, 1, 5–28.

Ramallo Asensio, S. F. (1993). Cristianismo tardoantiguo en el sureste hispano. Antigüedad y Cristianismo, 10, 255–276.

 

 



[1] Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191. Conceptualización de violencia estructural y aplicación a control territorial prolongado.

[2] Jordán Montes, J. F., Molina Gómez, J. A., & Zapata Parra, J. A. (2011). La frontera entre visigodos y bizantinos en el Parque Regional de El Valle. Verdolay, 13, 115–140. Descripción de torres y fortificaciones de vigilancia estratégica.

[3] Mantilla Séiquer, G. (1988). El castillo de los Garres: una fortaleza tardía en la vega de Murcia. Antigüedad y Cristianismo, 5, 353–402. Fases constructivas, arrasamientos y reocupaciones.

[4] Baeza, F. (1917). La Cresta del Gallo. Hoja de los Exploradores de España. Hallazgos de restos humanos y cenizas.

[5] Fuentes y Ponte, S. (1873). Informe sobre hallazgos de restos humanos y cerámicas en Tiñosa.

[6] Gutiérrez Lloret, S. (1996, 2011). Estudios sobre reorganización territorial en la cora de Tudmir y fundación de Madīnat Mursiya.

[7] Concepto de violencia estructural aplicado a análisis comparativo de mecanismos de dominación prolongada, sin equiparar actores ni contextos tecnológicos específicos.

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