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Jueves Santo de 1850 en Madrid

En el capítulo 8 hay un pasaje, el de la procesión regia para visitar al Santísimo en Jueves Santo, plasmado en este cuadro. El episodio tuvo su origen en él. Lo conocí durante una visita que hice, con motivo de los trabajos para determinar la identidad de los supuestos restos de Cervantes, al Museo de Historia de Madrid. En la visita, de forma casual, pude ver el cuadro que ha dado a este episodio.  Y allí se me ocurrió.

Es el cuadro titulado “La reina Isabel II y su esposo, visitando el monumento de Jueves Santo en la iglesia de Santa María”. Su autor original, Ramón Soldevila y Trepat.

Está ambientado en la iglesia de Santa María de La Almudena. En lo que hoy es la catedral de Madrid, al final de la calle Mayor y que fue demolida en 1868. Todos los años se celebraba, como un acto oficial de la Casa Real, la visita de los soberanos el Jueves Santo para venerar el Santísimo.
Se calcula que es el Jueves Santo de 1850, porque es el único Jueves Santo con Narváez de Presidente del Gobierno antes de 1855, que es la fecha del cuadro.


Imagen y datos técnicos del cuadro: CERES. Colecciones en red. Ministerio de Educación, Ciencia y Deportes.


28 de Marzo de 1850, es Jueves Santo, la procesión real llega a la escalera de acceso de la Iglesia de Santa María de la Almudena. La noche anterior la ha pasado desde las 5 de la mañana Caradoc en los aposentos de la reina en el palacio de Oriente, bien entrada la mañana se despide. Apenas le dio tiempo de llegar a caballo hasta su residencia en Chamartín de Las Rosas, despachar los asuntos más urgentes, cambiarse y volver, en la carroza de la embajada, para presenciar, a primera hora de la tarde en un lugar privilegiado, a la misma puerta del templo, la comitiva real. Es un acto que se considera del máximo relieve y su ausencia en unas circunstancias como las actuales sería considerada como un desplante, casi una afrenta, a una de las tradiciones más arraigadas entre la clase dirigente en España, y entre el pueblo llano: la visita al Santísimo.

A esas horas Narváez ha sido puntualmente informado por sus servicios en la guardia de corps del acceso directo que tiene Caradoc, por la vía amatoria a la Reina de España. No puede hacer nada, no le molesta tanto la facilidad con que su soberana tiene estos deslices, o facilidades, como el que sea el representante y máximo servidor de una potencia rival, como es Gran Bretaña en esos momentos, a la que por ley y por naturaleza representa a su país y es la plasmación material de él. Es ella quien tiene toda la información y quien toma las decisiones, en una época en que según palabras del propio Narváez, lo que dice la constitución es para que el pueblo lo crea pero no para cumplirlo [cita]. Este estado de ánimo y estas ideas son visibles en la mirada que le echa a Caradoc cuando la marcha de la procesión hace que pase a su altura. Esto no es indiferente a nadie. Todos están a la expectativa más que de la reina y de su esposo nominal, de la línea de conflicto o de desconfianza que pasa por la mirada y la casi confrontación entre Narváez todavía recientes los episodios con Bulwer, y el reciente embajador británico.

El plante desafiante de Caradoc tampoco ayuda. Se ha hecho acompañar por el canciller del Tesoro en la embajada. Su perfil sin evitarlo es arrogante, bajo de estatura no puede evitar que su parada sea altiva, echando el cuerpo hacia atrás para suplir desde esa posición un perspectiva que no le da la estatura. Las casacas rojas de él y de su acompañante se distinguen perfectamente bajo el sol madrileño de una tarde clara de marzo, de entre los uniformes azules de generales, ministros y alabarderos que constituyen el cortejo. Las piernas entreabiertas apoyándose sobre la izquierda y con el bicornio en la mano, según para quien por el calor y según para quien como un signo de respeto a la figura de su majestad, contribuyen a otorgarle en conjunto un aspecto entre arrogante y poseído de su relevancia en la escena. La reina aun habiendo avanzado en el cortejo unos metros sobre la posición del embajador le mira de reojo de forma clara, todo lo que da de sí un giro de cabeza que no fuese ostensible y que llamase en demasía la atención  viniendo de la máxima persona del acontecimiento y del Estado. Por lo demás es  ajena e indiferente a Francisco de Asís que, cual acompañante ocasional y oficioso, la lleva del brazo.

Indudablemente, de forma clara para todos, el centro de la escena es Lord Howden. Todos quieren adivinar, descifrar,  a través de su mirada y de su lenguaje corporal qué es lo que pasa, confirmar lo que por otro lado todos saben.


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